Este artículo forma parte de nuestra edición especial: «Descifrando el budismo chino»
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III. Importancia estratégica, dinamismo comercial y centros de la Ruta de la Seda
En esta segunda entrega —que continúa las secciones I–II de la Parte I— rastreamos el trayecto de las caravanas que hicieron de la Ruta de la Seda la arteria principal por la que el budismo llegó a China. Nos detenemos en centros clave —ciudades-oasis, nodos de ruta, templos y monasterios— fundamentales para comprender la síntesis cultural que el budismo vivió antes de arribar al Imperio del Centro. En estos puntos neurálgicos se formaron los maestros y traductores que entraron en China, no solo como meros mediadores lingüísticos, sino también portando interpretaciones y matices doctrinales desarrollados en estas regiones, los cuales influyeron profundamente en la comprensión inicial del budismo en suelo chino.

El Dharma no viajó por la Ruta de la Seda como ideas «al aire», sino a lomos de camellos y caballos. Lo llevaron consigo mercaderes sogdianos, kushanas y de otros orígenes, dedicados al lucrativo intercambio de seda, jade y especias, bien sea por las rutas norte y sur del Taklamakán o por el corredor de Hexi hasta Luoyang. Además de arrieros, también marchaban por la Ruta guías, camelleros, diplomáticos y escoltas. A sus comitivas se sumaban monjes —gandharenses, partos, tocarios— que actuaban como predicadores, traductores, compiladores, copistas de sutras, maestros de meditación y expertos en la liturgia. Todo ello sostenido gracias a una gran infraestructura de ciudades oasis, aduanas, almacenes, guarniciones y monasterios, como los de Kucha, Turfan, Khotan y Dunhuang.
La simbiosis entre mercaderes y monjes
La colaboración entre mercaderes y monjes fue decisiva: los comerciantes financiaban viajes, traducciones de sutras y la construcción de monasterios y obras artísticas, como las cuevas de Dunhuang, a cambio de prestigio social y mérito espiritual. Los monjes, por su parte, ofrecían predicación, servicios rituales y asesoría ética, mientras se beneficiaban de la protección y hospitalidad de las caravanas.

Esa logística comercial, administrativa y militar hizo posible un cambio religioso profundo. En esos cruces geográficos y culturales, donde monasterios, almacenes y aduanas compartían vecindad, economía y religión avanzaron de la mano, forjando una red dinámica de intercambio y adaptación en la que el budismo no solo llegó a nuevos territorios, sino que evolucionó: cambió de lenguas —del sánscrito al chino, del tocario y el sogdiano—, ajustó rituales para integrarse con tradiciones locales y diversificó escuelas —con el auge del mahāyāna en Asia Central—, hasta arraigarse con fuerza en China.
Los dos ramales de la Ruta de la Seda: rodear el Taklamakán
Entre los siglos I y III e. c., la Ruta de la Seda se configuró como una vasta red de caminos que, al atravesar la cuenca del Tarim, se bifurcaba en dos grandes ramales —uno septentrional y otro meridional— para bordear el inhóspito desierto del Taklamakán. Ambos convergían en Dunhuang, un oasis estratégico conocido por sus cuevas y depósitos de manuscritos. Desde allí, se accedía al corredor de Hexi —protegido por aduanas y guarniciones fortificadas—, el cual garantizaba un tránsito seguro hacia la China interior y las capitales del imperio Han: Chang’an en la Han Occidental y Luoyang en la Han Oriental.

La ruta septentrional: Comenzaba en Kashgar y pasaba por Kucha, Karashahr y Turfan; continuaba hacia Hami y Dunhuang. Esta vía, preferida en épocas de estabilidad política, ofrecía mejores recursos y condiciones.
La ruta meridional: También partiendo de Kashgar, atravesaba Yarkand y Khotan, siguiendo al pie de los montes Kunlun por Niya, Qiemo y Loulan hasta reunirse en Dunhuang. Aunque más árida, esta alternativa resultaba vital cuando la ruta norte quedaba comprometida.
La elección de uno u otro camino dependía de factores como la estación, la seguridad, el caudal de los ríos y la disponibilidad de pasto, además de los pactos locales y las condiciones del momento. Estos enclaves no eran simples puntos de provisión y descanso, sino prósperos reinos y ciudades-estado que actuaban como esclusas culturales.
Anatomía de una travesía: laboratorios del Dharma en la Ruta
Para comprender cómo el budismo llegó a China, no basta con dibujar líneas sobre el mapa; es necesario detenerse en las paradas. Las ciudades-oasis fueron laboratorios de transformación religiosa donde el Dharma se «cocinó» a fuego lento: se tradujo, se debatió y se adaptó a nuevas realidades culturales. El viaje avanzaba a un ritmo pausado de entre 25 y 40 kilómetros diarios, ajustando rigurosamente las etapas a la ubicación de los pozos.

1. Fraguas de transformación: Gandhāra, Bactria y Samarcanda
Antes de entrar en la cuenca del Tarim, el budismo adquirió herramientas intelectuales y logísticas en tres grandes centros occidentales:
Gandhāra y la materialidad del texto: En este reino indo-helénico se configuró la imagen del Buda con sus rasgos apolíneos y los pliegues de su túnica. Aquí cambió el soporte de la transmisión: los textos dejaron de ser solo orales y se fijaron en rollos de corteza de abedul, ligeros y fáciles de transportar. Estos escritos se elaboraban mayormente en gandhārī o prácrito, utilizando la escritura Kharoṣṭhī. Junto a ellos circulaban repertorios iconográficos tallados en arenisca o esquisto, que servían como guías visuales para los predicadores.

Bactria y el tránsito: A través de la ciudad de Balkh y el complejo Nava Vihāra, la figura del monje intérprete se profesionalizó. Los monasterios bactrianos actuaron como guardianes del saṅgha itinerante: elaboraban cartas de presentación, protegían dádivas (dāna) y sincronizaban el calendario religioso con los tiempos de las caravanas.
Samarcanda y el poderío financiero: Los mercaderes sogdianos incorporaron a los monjes como «pasajeros de prestigio». Esta simbiosis era completa: los mercaderes daban seguridad armada a cambio de mérito espiritual y protección ritual para sus negocios. En Samarcanda se consolidaron usos terminológicos entre el sánscrito y varias lenguas vernáculas, lo que facilitó la circulación de conceptos y dio mayor coherencia a las traducciones.

2. La Ruta Norte: el corredor intelectual y la traducción
Tras franquear los difíciles pasos montañosos de Ferganá, las caravanas llegaban a Kashgar. Los que optaban por la ruta norteña se adentraban en un corredor de gran actividad intelectual:
Kucha (Kučā): El centro más influyente del ramal septentrional. Fue una potencia cultural que rivalizó con los centros indios y se hizo célebre por sus estudios de Abhidharma. Alberga testimonios de grandes scriptoria (talleres de traducción) de los que surgieron figuras como Kumārajīva. Sus equipos de traducción fijaron buena parte de la terminología budista que más tarde resultaría influyente —y en algunos casos normativa— en China.

Turfan (Gaochang): Bajo el patronazgo de élites locales —y, en etapas posteriores, de autoridades uigures—, se copiaban textos en sánscrito, sogdiano, uigur y chino. Funcionaba como la última gran aduana cultural antes de la China propiamente dicha.

3. La Ruta Sur: devoción, jade y silencio
La vía meridional era notablemente más árida, pero fundamental para la práctica y el arte devocional.
Khotan: Famoso por su seda y sus minas de jade, se convirtió en un bastión del budismo mahāyāna. Como relataría el peregrino Faxian, la densidad monástica era asombrosa, con procesiones de imágenes que paralizaban la vida urbana (Legge, 1886: 16).
Niya y Loulan: En este tramo, la infraestructura monástica se volvía vital para la supervivencia: pequeños santuarios y pozos cosían el vacío del desierto, ofreciendo el único refugio físico y espiritual.
Dunhuang y el Corredor de Hexi: la gran esclusa cultural
Ambos ramales convergían inevitablemente en Dunhuang, la «garganta» de China. Este oasis fue el laboratorio definitivo de adaptación. Las Cuevas de Mogao, excavadas en los acantilados cercanos, son el testimonio pétreo de este proceso.
La célebre Cueva 17 (Cueva Biblioteca), sellada en el siglo XI y redescubierta en 1900, reveló un archivo de más de 40.000 piezas (Whitfield, 2004, p. 22). Lo fascinante es que sus archivos no solo contenían sutras sublimes como el Sutra del Diamante (868 e. c.); junto a la doctrina, guardaban contratos de préstamos, recetas médicas, listas de la compra y documentos administrativos en chino, tibetano, sánscrito, sogdiano y uigur. Esto sugiere que los monasterios actuaban como uno de los principales centros sociales y económicos de la región, además de cumplir funciones religiosas. Allí, el budismo comenzó a dejar de percibirse como enteramente extranjero: se retradujo, se recontextualizó y se preparó para circular en registros comprensibles para sectores crecientes de la sociedad china.

Además, Dunhuang fue un gran foco de cultura visual. En las cuevas de Mogao, murales y esculturas no eran un adorno, sino parte de un entorno ritual y devocional: mostraban escenas de la vida del Buda, relatos ejemplares (jātakas) y «tierras puras» que orientaban la imaginación religiosa en un cruce de rutas y lenguas. Por su escala, su continuidad durante siglos y la riqueza de sus programas iconográficos, Mogao se convirtió en un conjunto extraordinario dentro del arte budista.

Desde Dunhuang, el budismo entraba finalmente en la «boca» del imperio a través del Corredor de Hexi. Este pasillo estratégico estaba fuertemente militarizado y protegido por la fortaleza de Jiayuguan (el extremo occidental de la Gran Muralla). Ciudades guarnición como Zhangye —hogar del Buda gigante reclinado— y Wuwei aseguraban la «última milla» del trayecto. En este tramo, las enseñanzas pasaron por el filtro de las aduanas imperiales hasta culminar en las capitales, Chang’an y Luoyang. Allí, bajo patrocinio imperial, se establecieron oficinas de traducción a gran escala donde equipos de eruditos sistematizaron el legado recibido de los oasis (Sen, 2003, p. 60).

IV. Contexto de crisis espiritual y búsqueda de significado en China
La llegada y el arraigo del budismo en China difícilmente pueden entenderse como fortuitos; deben situarse en el contexto del progresivo desmoronamiento de la dinastía Han. Fue un periodo marcado por crisis económicas, intrigas palaciegas y violencia generalizada, lo que generó condiciones especialmente favorables para que una religión extranjera pudiera asentarse.
El colapso de la ideología oficial
Este escenario se manifestó traumáticamente en la Rebelión de los Turbantes Amarillos (184 e. c.). Más que una revuelta campesina, fue un fenómeno con un componente religioso y expectativas milenaristas; un síntoma de que el malestar social se había extendido. Este conflicto evidenció los límites del control estatal y debilitó el imaginario confuciano que vinculaba virtud y orden cósmico. En este contexto, la idea del Mandato del Cielo se vio tensionada frente a la realidad de la guerra civil y las epidemias.
El budismo no llegó a un vacío pasivo, sino a un espacio de búsqueda activa. En los primeros momentos fue leído a través de categorías locales, a veces mediante el geyi (o «emparejamiento de conceptos»), un proceso de adaptación que, no sin equívocos, fue revelando gradualmente su complejidad filosófica propia.

Una maquinaria de sentido
La pérdida de previsibilidad minó la confianza en la ortodoxia estatal y abrió una demanda social nueva: protección eficaz ante infortunios, un sentido inteligible del sufrimiento y caminos para vivir en la incertidumbre. El atractivo del budismo residía tanto en su diagnóstico del dolor (duḥkha) como en la provisión de técnicas de cultivo mental —atención y meditación— que ofrecían beneficios subjetivos reconocibles. Así, además de ofrecer consuelo individual, el budismo pudo operar como una «maquinaria de sentido» y, en ciertos contextos, contribuir a formas de cohesión social.
Conclusión: El Dharma como puente entre civilizaciones
En retrospectiva, la llegada del budismo a China fue un complejo proceso de metamorfosis cultural. La Ruta de la Seda no fue un mero conducto pasivo, sino un inmenso laboratorio de gestación. Desde los centros de Gandhāra hasta los scriptoria de Kucha y las cuevas de Dunhuang, cada oasis funcionó como una cámara de resonancia donde el Dharma se despojó de sus ropajes indios para vestirse con lenguajes y conceptos comprensibles para la mentalidad de Asia oriental.
Esta transmisión fue posible gracias a una convergencia histórica única: la infraestructura imperial de los Han y la simbiosis entre monjes y mercaderes crearon la logística; la crisis espiritual del final de la dinastía generó la demanda. China no se limitó a recibir el budismo; lo absorbió, lo tradujo y lo reinventó. Las caravanas transportaron las semillas, pero fue la interacción entre la geografía de la Ruta y la necesidad histórica del Imperio Medio lo que permitió que esas semillas florecieran, convirtiendo al budismo en uno de los tres pilares fundamentales de la cultura china para los milenios venideros.
Referencias Bibliográficas
Ch’en, K. K. S. (1964). Buddhism in China: A Historical Survey. Princeton University Press.
Hansen, V. (2012). The Silk Road: A New History. Oxford University Press.
Legge, J. (1886). A Record of Buddhistic Kingdoms… Oxford: Clarendon Press.
Lewis, M. E. (2007). The Early Chinese Empires: Qin and Han. Harvard University Press.
Salomon, R. (1999). Ancient Buddhist Scrolls from Gandhāra. University of Washington Press.
Sen, T. (2003). Buddhism, Diplomacy, and Trade… Honolulu: University of Hawai‘i Press.
Vaissière, É. (2005). Sogdian Traders: A History. Brill.
Whitfield, S. (2004). The Silk Road: Trade, Travel, War and Faith. British Library.
Zürcher, E. (1972). The Buddhist Conquest of China. Brill.
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