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La llegada del budismo a China: mitos, leyendas y realidades

Este artículo forma parte de nuestra edición especial: «Descifrando el budismo chino»

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Hace aproximadamente dos mil años, en las concurridas y ajetreadas calles de la ciudad de Luoyang, por entonces capital imperial de la dinastía Han Tardía, sus habitantes podían detenerse, asombrados, ante figuras enigmáticas: extranjeros de aspecto centroasiático, vestidos con ropajes inusuales, las cabezas rapadas y expresiones serenas en sus rostros. La presencia de estos individuos insólitos era una señal de los inicios de una metamorfosis cultural que, con el tiempo, se propagaría por toda Asia oriental. La llegada del budismo al Imperio del Centro no solo transformaría el paisaje espiritual de China, sino que también sembraría las semillas de una tradición que influiría profundamente en el devenir cultural y religioso de amplias regiones del mundo.

Han Dynasty China
Dos caballeros, absortos en la conversación, mientras otros observan. Pintura sobre papel cerca de Luoyang, provincia de Henan, China, fechada en la dinastía Han Oriental (25-220 e.c.). Esta pintura refleja la vida cotidiana en la época en que el budismo comenzaba a llegar a China. Fuente: Museum of Fine Arts, Boston. Dominio público.

La llegada del budismo a China es una historia fascinante, entretejida con misterios, mitos y leyendas, pero también con realidades y descubrimientos históricos. Nos lleva a una época de grandes encuentros culturales, en la que las ideas viajaban por la Ruta de la Seda. En este artículo exploraremos cómo esta tradición espiritual llegó a China, entre mitos, leyendas y hechos históricos. A continuación, exploraremos algunas de estas narraciones.

Mitos y leyendas: la llegada del budismo en la imaginación china

En la historiografía china hallamos relatos que sitúan los primeros contactos de China con el budismo en épocas anteriores a las fechas hoy consideradas las más probables, esto es, el siglo I de nuestra era. Algunas de estas narrativas los remontan incluso al siglo III antes de nuestra era. 

En el Liezi (列子), se menciona que Confucio (551-479 a.e.c.) tenía conocimiento de la existencia del Buda. No obstante, los estudiosos modernos coinciden en que este libro de origen apócrifo fue compuesto en el siglo III e.c., o incluso en una fecha posterior. Este mito refleja el intento de las tradiciones filosóficas chinas tardías por vincularse con el budismo.

El Guang hongming ji (廣弘明集) de Daoxuan (道宣), compilado en el siglo VII, relata un episodio legendario que supuestamente ocurrió durante el reinado del primer emperador, Qin Shi Huang (221–210 a.e.c.). Según el texto, unos śramaṇas extranjeros, vestidos de manera distintiva y portando sutras budistas, habrían llegado a la capital. El emperador, reacio a aceptar su doctrina, los encarceló. Sin embargo, estos escaparon gracias a la intervención de un misterioso y sobrenatural «Hombre Dorado». Impresionado por el prodigio, el emperador habría mostrado respeto al inclinar la cabeza y ofrecer disculpas. Aunque se ha especulado que estos extranjeros podrían haber sido emisarios del rey Aśoka (268–232 a.e.c.), no existe evidencia que lo respalde. La historiografía moderna considera este relato una construcción apologética posterior más que un testimonio histórico fiable.

El relato más conocido e influyente sobre una temprana introducción del budismo en China es, sin duda, la del sueño del emperador Ming (reinó del 57 al 75 e.c.). La historia narra que este emperador de la dinastía Han tardía soñó con «una figura dorada, luminosa y de gran estatura que volaba hacia su palacio». Sus ministros interpretaron que se trataba del Buda y, por ello, el emperador envió una expedición a la India para traer las enseñanzas budistas a China. Según el relato, sus emisarios regresaron a China en el año 67 e.c., junto con dos monjes budistas indios, Kāśyapa Mātanga y Dharmaratna (o Gobharaṇa), que trajeron consigo escrituras budistas y estatuas del Buda, transportadas en un caballo blanco.

Ya en China, estos monjes tradujeron el Sutra de las cuarenta y dos secciones que habían traído consigo. Para alojarlos y traducir las escrituras, el emperador ordenó la construcción del Templo del Caballo Blanco (白马寺, báimǎsì) en Luoyang, que aún existe y generalmente suele considerarse el primer templo budista de China, marcando así un hito esencial en la difusión del budismo en el país. Los estudiosos cuestionan la verosimilitud de esta historia por las numerosas contradicciones en las fechas y los detalles que se presentan en las distintas fuentes que la recogen.  Además, el hecho de que los ministros identificaran a la figura dorada con el Buda implicaría que ya tenían conocimiento de esta tradición. Con todo, el relato simboliza el inicio del interés oficial por el budismo en la corte china.

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Templo del Caballo Blanco en Luoyang, provincia de Henan. Imagen de dominio público.

Según una leyenda recogida en el Weishu (魏書) («Historia del Reino de Wei») de Wei Shou (506-572), China habría tenido contacto con el budismo antes de lo que sugieren las fuentes históricas más aceptadas. El relato afirma que el explorador Zhang Qian, enviado en el año 138 a.e.c. al territorio de los yuezhi para abrir rutas comerciales hacia el oeste, informó sobre la existencia del budismo en la India al regresar a China. Este evento, según la narración, habría sido la primera vez que los chinos escucharon hablar de esta tradición religiosa. Sin embargo, no existe evidencia histórica que respalde esta afirmación. Como señala Zürcher (1959: 20-21), la historiografía moderna considera que este relato es una construcción posterior que busca explicar el temprano contacto entre China y el budismo.

De acuerdo con el Shishui xinyu (世說新語.文學篇) [Nuevo relato de los cuentos del mundo (Literatura)], compilado y editado por Liu Yiqing (劉義慶; 403–444), en el año 120 a.e.c., el general de la dinastía Han, Huo Qubing (140–117 a.e.c.), venció a los xiongnu y capturó a su rey. Según el relato, en los aposentos del monarca, Huo encontró una estatua dorada, que llevó de vuelta a China. Se dice que los xiongnu le ofrecían incienso y reverencias ceremoniales, no sacrificios. Algunos han especulado que esta estatua podría haber sido una imagen del Buda. Sin embargo, la mayoría de los estudiosos duda de esta identificación, ya que el budismo aún no se había extendido significativamente en el mundo chino de esa época, y la estatua podría haber tenido un significado religioso distinto para los xiongnu.

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Mural del siglo VIII de las cuevas de Mogao que representa al emperador Wu de Han adorando estatuas de «hombres dorados» traídas de los xiongnu por el general Huo Qubing. Imagen de dominio público.

Estas fascinantes historias probablemente fueron inventadas siglos después de los presuntos hechos, cuando el budismo ya se había consolidado en China. Los budistas de las dinastías Wei, Jin del Sur y Jin del Norte (siglos III al V) competían con los taoístas por el favor imperial, y recurrieron a estas leyendas para dotar al budismo de un aire de antigüedad y prestigio y explicar su entrada en la corte y la sociedad chinas (Zürcher 1959: 19). En otras ocasiones, reflejan el deseo de taoístas y confucianos por mostrar superioridad o antecedencia al budismo. Además, manifiestan la fascinación de China por lo extranjero, así como el deseo de legitimar una nueva religión en el contexto chino. 

Estas fascinantes historias probablemente fueron inventadas siglos después de los presuntos hechos, cuando el budismo ya se había consolidado en China. Los budistas de las dinastías Wei, Jin del Sur y Jin del Norte (siglos III al V) competían con los taoístas por el favor imperial, y recurrieron a estas leyendas para dotar al budismo de un aire de antigüedad y prestigio y explicar su entrada en la corte y la sociedad chinas (Zürcher 1959: 19). En otras ocasiones, reflejan el deseo de taoístas y confucianos por mostrar superioridad o antecedencia al budismo. Además, manifiestan la fascinación de China por lo extranjero, así como el deseo de legitimar una nueva religión en el contexto chino. 

La realidad histórica: siguiendo las pistas

Entonces, ¿en qué período histórico podemos afirmar con certeza que el budismo llegó a China? Los historiadores han encontrado pistas confiables que nos acercan a la realidad. Algunas de las evidencias presentadas provienen de fuentes semioficiales escritas por funcionarios que no tenían un interés particular en los asuntos budistas o que solo los mencionaban de forma tangencial en el contexto de otros discursos.

En el Sanguozhi《三國志》 (“Registro de los Tres Reinos”) de Pei Songzi 裴松之 (372-451) se menciona que en el año 2 a.e.c., un estudiante de la academia imperial llamado Jinglu      recibió enseñanzas budistas de un emisario del rey de Escitia. Algunos académicos chinos consideran que este relato es prueba de una introducción temprana del budismo en China. Sin embargo, expertos como Zürcher cuestionan esta historia. Esto se debe a la falta de registros en documentos históricos tempranos de la dinastía Han y al hecho de que el Sanguozhi fue compilado varios siglos después de los supuestos hechos. Por otro lado, Guangxing lo considera plausible, dado que los escitas habían adoptado el budismo y existían rutas comerciales entre China y Asia antes de que este se estableciera en China.

Según el Hou Hanshu (後漢書), libro de historia de la dinastía Han escrito por Fan Ye (範曄; 398-445), el príncipe Liu Ying (劉英), hijo del emperador Guangwu (光武帝; reinó 25-57 e.c.), ya practicaba el budismo en el año 65 e.c. Se dice que ofrecía rollos de seda para apoyar a monjes y devotos budistas, lo que demuestra la presencia de una comunidad budista en la corte imperial. Este hecho indica que el budismo no solo estaba presente en China hacia mediados del siglo I e.c., sino que también comenzaba a ganar adeptos influyentes en la sociedad.

En el Houhanshu (《後漢書》卷三十下襄楷傳) se menciona que, en el año 166 e.c., un funcionario llamado Xiang Kai informó sobre la existencia de altares en la corte imperial. Estos altares estaban dedicados no solo al Emperador Amarillo, a Laozi y a deidades chinas, sino también al Buda. Esto refleja que las enseñanzas budistas ya eran conocidas y practicadas en los círculos altos de la sociedad china y demuestra una creciente aceptación de esta nueva tradición espiritual.

Otro indicio de la difusión del budismo durante este período lo encontramos en la obra del poeta Zhang Heng (張衡; 78-139 e.c.). Conocido por su innovación literaria y científica, Zhang Heng utilizó términos y conceptos budistas en sus escritos alrededor del año 100 e.c., lo que sugiere que estas ideas ya eran familiares al público en general. Aunque no era necesariamente un practicante budista, su uso de estos términos muestra que el budismo había comenzado a influir en el lenguaje y el pensamiento de la época, incluso en ámbitos no religiosos como la literatura y la filosofía.

Además de las referencias literarias e históricas, se han hallado evidencias arqueológicas que demuestran cómo el budismo comenzaba a integrarse en la cultura china hacia finales del siglo II e.c. Entre estas, destacan las tumbas decoradas con iconografía budista, lo que refleja no solo la presencia de esta tradición religiosa, sino también su creciente influencia en el pensamiento y la estética de la época. Estas manifestaciones artísticas sugieren que, aunque el budismo era inicialmente una religión extranjera, ya se estaba reinterpretando y adaptando al contexto cultural chino.

Un ejemplo destacado de estas evidencias arqueológicas fue presentado en 1980 por el investigador Yu Weichao (俞偉超) en su artículo titulado «Examination of Eastern Han Buddhist Iconography» (〈東漢佛教圖像考〉), publicado en la revista Wenwu (文物, núm. 5, 1980). En este ensayo, recopiló y analizó numerosas piezas de la iconografía budista temprana. Entre estas se encuentra una tumba en Helinger, Mongolia Interior, que data de entre 168 y 189 e.c., durante la dinastía Han Oriental. Esta tumba contiene imágenes que representan a un buda o bodhisattva y remiten a la iconografía budista de Asia Central y de la India.

Left: Seated Buddha, Mahao Cliff Tomb, Sichuan Province, Eastern Han Dynasty, late 2nd century C.E., Gary Todd; right: Seated Buddha from Gandhara, c. 2nd–3rd century C.E., Gandhara, schist (British Museum
Imagen del Buda sentado, tumba del acantilado de Mahao, provincia de Sichuan, dinastía Han Oriental, finales del siglo II e.c. (foto: Gary Todd, CC0).

Por último, el Lihuolun de Mouzi menciona la disponibilidad de escrituras budistas en China, lo que sugiere un rápido desarrollo del budismo hacia el final de la dinastía Han y durante la dinastía Wei. Aunque algunos cuestionan su autenticidad, el Lihuolun describe la situación del budismo en el sur de China de manera similar a otros textos históricos.

Conclusión

La evidencia histórica indica que el budismo inició su presencia en China hacia el siglo I e.c., y que su llegada no puede atribuirse a un evento ni a una fecha específica. Fue un proceso gradual, impulsado principalmente por comerciantes budistas de Asia Central que viajaban por la Ruta de la Seda, quienes llevaron estas ideas y acompañaron a monjes desde las regiones occidentales hacia las orientales del país.

Inicialmente, el budismo arraigó entre las comunidades populares, que lo adoptaron mediante prácticas devocionales y rituales, antes de que los funcionarios imperiales comenzaran a registrarlo en los textos históricos oficiales. Este proceso no solo implicó la llegada de monjes, textos y objetos sagrados, sino también la adaptación de las enseñanzas budistas a las necesidades culturales, sociales y filosóficas de China, lo que marcó el inicio de su transformación en una tradición profundamente integrada en el pensamiento chino.

Este proceso de introducción y transformación del budismo en China es un ejemplo de cómo las tradiciones espirituales evolucionan al interactuar con nuevas culturas. El budismo que llegó a China no fue idéntico al que salió de la India: se adaptó y evolucionó en su paso por Asia Central y se enriqueció aún más al interactuar con las tradiciones chinas, como el confucianismo y el taoísmo. Esta interacción dio lugar a escuelas budistas únicas, como el chan, que no solo florecieron en China, sino que también influyeron profundamente en otras culturas asiáticas y siguen siendo relevantes en el mundo contemporáneo. 

Además de su impacto espiritual, el budismo dejó una huella profunda en la cultura material de China. La arquitectura de los templos, el arte escultórico, las pinturas murales y la literatura filosófica y devocional florecieron bajo su influencia, dando lugar a un legado artístico y cultural que aún perdura. Ejemplos destacados de esta herencia son las cuevas de Mogao en Dunhuang y las grutas de Longmen y Yungang. Estos sitios no solo reflejan la riqueza estética del budismo, sino que también evidencian cómo esta tradición espiritual se convirtió en una fuerza transformadora que moldeó la identidad cultural de China.

La historia de la llegada y adaptación del budismo a China nos recuerda que las ideas, al igual que las personas, viajan, se transforman y evolucionan. Este proceso de intercambio y enriquecimiento cultural nos invita a reflexionar sobre el poder de las tradiciones espirituales para cruzar fronteras y adaptarse a nuevos contextos. En un mundo cada vez más globalizado, esta historia nos ofrece una lección importante: las enseñanzas espirituales no son estáticas, sino dinámicas, y pueden seguir encontrando formas de enriquecer nuestras vidas y ayudarnos a enfrentar los desafíos contemporáneos. 

Bibliografía recomendada

  • Zürcher, Erik (1959). The Buddhist Conquest of China: The Spread and Adaptation of Buddhism in Early Medieval China. Leiden: Brill. [Reedición: 2007]
  • Ch'en, Kenneth (1964). Buddhism in China: A Historical Survey. Princeton: Princeton University Press.
  • Nattier, Jan (2008). "Who Produced the Da mingdu jing 大明度經 (T225)? A Reassessment of the Evidence". Journal of the International Association of Buddhist Studies, 31(1-2), pp. 295-337.
  • Liu, Xinru (1988). Ancient India and Ancient China: Trade and Religious Exchanges, AD 1-600. Delhi: Oxford University Press.

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